lunes 9 de febrero de 2009

Nueva casa

Les agradezco a quienes me preguntaron entre ayer y hoy que iba a ser de "La otra orilla". Muchos pensaron, tomando como referencia mi post anterior, que este bloguer cesaba, para siempre, sus actividades. Pero como decía también ahí en realidad cesaba esta página pero no "La otra orilla". A partir de hoy "La otra orilla" se aloja en: otraorilla.wordpress.com. Los invito entonces a que visiten mi nueva casa. De nuevo muchas gracias por preguntar y espero seguir contando, como hasta ahora, con su generosa amistad.

domingo 8 de febrero de 2009

Despedida

Paradójicamente con éste, arribamos a los 200 post. Y digo paradójicamente porque con este post se despide formalmente "La otra orilla". A quienes en estos más de dos años nos siguieron, nos leyeron, nos criticaron, nos molestaron y demás, muchas gracias. Quería saludar especialmente a los amigos que hicieron posible que este blogger tuviera cada tanto el animo suficiente para decir algo sobre lo que le interesaba, le indignaba, o simplemente le importaba, sin ellos "La otra orilla" no hubiera existido.

A partir de mañana esta página dejará de funcionar más. No posteare más desde esta dirección. Pero igual quedará activa para quienes quieran dar fe de que alguna vez estuvo aquí: "La otra orilla, el otro lado de las cosas".

A partir de mañana nos cambiamos de casa...

jueves 5 de febrero de 2009

Reciente fallo de la Haya favorece al Perú: ¿será verdad tanta belleza?


Al vuelo transcribo una nota aparecida hoy en El Comercio de Lima:

"El ex ministro de Relaciones Exteriores (2003-2005) Manuel Rodríguez Cuadros señaló ayer que la postura peruana en la controversia marítima con Chile se vería avalada por un reciente dictamen de la Corte Internacional de Justicia de La Haya (CIJ).

Rodríguez Cuadros se refirió al fallo en la frontera entre Rumanía y Ucrania en el Mar Negro, emitido el pasado martes, el cual resolvió la disputa con el trazo de una línea equidistante entre las costas de los dos países.

“La sentencia de Rumania-Ucrania es particularmente importante, pues la Corte determinó que no existían circunstancias pertinentes, como es el caso de Perú y Chile, y dividió la frontera por equidistancia”, manifestó.

Así explicó que en la zona en disputa con Chile no existen las denominadas circunstancias pertinentes, como la presencia de islas o archipiélagos, las cuales restarían equidad a una delimitación marítima con una línea equidistante."

El único reparo que le encuentro a la posición de Rodriguez Cuadros es que en realidad el punto clave de la controversia es si existía o no un tratado entre ambos países. Si Chile logra demostrar que los acuerdos de los años 50´s son vinculantes la Corte tendría que fallar a su favor, si por el contrario el Perú demuestra que esos supuestos acuerdos no eran sino convenios administrativos, la Corte-sumado el precedente que comenta el ex-canciller- tendría que darle la razón a nuestro país.

Es importante tomar en cuenta además que un tribunal tan formalista como el de la Haya considera "sagrados" sus precedentes. Por lo que si al final la discusión se decanta por el lado de la delimitación por el paralelo el Perú tendría grandes posibilidades de ganar. Por otro lado, la prensa chilena no ha dicho ni pio del tema. Lo cual es una buena señal, porque quiere decir que en su fuero interno saben que la noticia no les conviene.

domingo 1 de febrero de 2009

Queja

No había querido decir nada sobre el tema de los "petro audios" porque pienso (pensaba) que eran un tema menor, propio de las miserias de nuestra clase política, pero después de haber escuchado algunos de los 82 que ha revelado el periodista Pablo O´Brien no tengo sino que avergonzarme. Avergonzarme de mis instituciones, avergonzarme de mis autoridades, avergonzarme de mi. ¿A qué punto hemos llegado para que este tipo de cosas ya no indignen a nadie?, ¿A qué punto hemos llegado para que la gente diga, cínicamente, todos son así?, ¿A qué punto hemos llegado para que los partidos políticos defiendan el derecho "sagrado" a la presunción de inocencia? Si hemos perdido la capacidad de indignarnos, de decir de vez en cuando que se vayan todos, de pelear con el primer cretino que nos diga la política siempre ha sido así, entonces no vale la pena vivir en democracia, no vale la pena llamarse ciudadano, en una palabra, para que estamos aquí.

sábado 31 de enero de 2009

Benjamin Button y el tiempo en el derecho


Ahora que esta de moda el análisis multidisciplinario puede estar bien relacionar el cine con el derecho. En este caso, quiero hablarles de la última película de Brad Pitt: (sí, ese mismo señor que esta casado con nuestra queridisima Angelina Jolie) "El curioso caso de Benjamin Button".

La película se basa en un relato de Francis Scott Fitzgerald aparecido en el libro "Tales of the Jazz Age". Y ha sido dirigida por David Fincher, el mismo director de "El club de la pelea" o de "The game". La historia cuenta la vida de Benjamin Button, a la sazón un hombre que nació con una extraña enfermedad, la de rejuvenecer de manera inversa a como lo hacemos todos, es decir, de atrás hacia adelante. La historia cuenta el drama que significa su vida, pero al mismo tiempo lo paradójico que resulta ver la realidad con los ojos de un niño (de un joven, de un adulto) pero siendo, a la vez, un viejo, un adulto o un joven.

La película narra también la historia de amor entre Benjamin y Daysi (¿se habrá querido referir Fitzgerald a la misma Daysi de El gran Gstsby es decir a Zelda su esposa?) Una historia que se remonta a la amistad de Benjamin con Daysi cuando ambos eran niños, pero que da saltos temporales hasta encontrarse juntos, cuando ambos, más o menos, tienen 30 años. Una de las frases más significativas del libro es: ""La vida solo tiene sentido yendo hacia atrás, pero hay que vivirla hacia adelante", que es justo la frase con la que quería empatar la relación entre "El curioso caso de Benjamin Button" y el derecho.

Algunos definen el derecho como una convención social -Hart, por caso- y otros como un sistema de normas -Kelsen-. En ambos casos, el derecho aparece como un medio destinado a otros fines. Tales fines se relacionan con principios como la justicia, la democracia, la dignidad, etc. En el derecho no hay verdades absolutas -es otra de las cosas que también escuchamos -, sin embargo, íntimamente intuimos que, al menos, en determinados temas hay verdades sobre las cuales no es dable dudar: la tortura, la esclavitud, el latrocinio, etc. Estos temas aluden a valores sobre los que hay un consenso, sino político al menos moral, que impide, por ejemplo, que alguien justifique un fin -cualquier fin- a partir de estos medios. Pero los problemas aparecen cuando esta intuición desaparece. Cuando no es muy claro qué es bueno, o qué es malo, qué es correcto o qué no lo es. En esos casos, a veces, los jueces intentan dos estrategias: deciden tomando en cuenta su propia experiencia, discriminando el árbol de las hojas, o buscan, a través de algún procedimiento hermenéutico, un fundamento que apoye (o desestime) una de las respuestas posibles.

Si el juez elige la segunda alternativa debería pensar mucho en el pasado. No para solazarse con él, sino para entenderlo. Para comprender porque la sociedad, los tribunales, dijeron sí o no a problemas semejantes al que tiene que resolver. Como Benjamin Button este juez debe pensar en el pasado, pero sabiendo que es sólo el primer paso para el futuro, "un" futuro posible, cualquiera que sea el significado de esa palabra.

martes 27 de enero de 2009

La ficción como historia


Mi amigo Hugo Yuen me acaba de hacer llegar una nota sobre John Updike, el popular escritor norteamericano, que murió hoy a los 76 años. En ella se precisan algunos de los puntos más destacados de la obra de este autor y su relación -algo confusa- con la literatura peruana.




Memorias de la administración Ford: la historia como
ficción o la ficción como historia

por Hugo Yuen

A John Updike se le conoce en nuestro medio como el autor de la novela Las Brujas de Eastwick (obra que fuera llevada al cine a comienzos de los noventa), por algún artículo suyo publicado en Playboy en la década del 90 sobre el artista arequipeño Alberto Vargas Chávez, autor de las conocidas "Vargas Girls", aquellos insinuantes dibujos que ilustraron las páginas de Playboy durante las décadas de mitad de siglo o, más recientemente, por su inclusión como personaje animado, junto a otras celebridades del mundo cultural norteamericano (con su característica sonrisa irónica y distante), en uno de los episodios de Los Simpson.
Pero John Updike (n. 1932 y muerto este 27 de enero de cáncer al pulmón) es mucho más que eso. Autor de más de cinco decenas de obras de ficción, entre poemas, cuentos y novelas, ha obtenido el Premio Pulitzer (en 1982 y 1991), el National Book Critic Circle Award, el National Book Award y el O'Henry (premio al mejor cuento del año publicado en los EE.UU.), entre otras múltiples distinciones, además de sus célebres reseñas literarias publicadas desde la década del 50 en las páginas del New Yorker, revista en la que compartía espacio con escritores de igual talla, como Saul Bellow.
Conocido mundialmente por su saga de “Conejo Armstrong” (Corre Conejo(**), El Regreso de Conejo, Conejo es Rico y Conejo en Paz, novelas a las que recientemente se sumó el cuento “Conejo en el Recuerdo”), Updike tiene verdaderas joyas literarias, como su sutil y elegante libro de cuentos Museos y Mujeres, o su opera prima escrita a los 23 años, La Feria en el Asilo (novela corta futurista que, al estilo de George Orwell, se vale de la sátira social ambientada en un futuro cercano para cuestionar con sutil agudeza algunas venas de la realidad social norteamericana), El Centauro (maravillosa novela en la que el autor, con suma ironía desliza a los personajes por escenarios realistas de la Norteamérica del 50 y bucólicas escenas del Olimpo griego), sin mencionar obras recientes en las que intercala el ensayo, la historia, la filosofía y la ciencia con la literatura, dándonos un visión original, culta, contemporánea y sutilmente crítica de su mundo que, al plasmarlo así, lo hizo perdurable y compartido.
Por ello hoy, al enterarnos de la muerte de este memorable escritor, compartimos en estas líneas su recuerdo con la reseña que a continuación sigue, escrita en la década del 90, y que da cuenta de uno de sus libros más logrados (Administración Ford), si bien no muy conocido, en parte por su pátina cultista y en parte por su exploración metaliteraria, por no decir postmodernista.
Con el título de Memorias de la Administración Ford, Updike nos ofrece un libro singular que transcurre por el litoral en que se unen los mares de la ficción y las playas de la historia y que, aparte del interés literario que despierta de por sí, provoca en nosotros más de un interés extraliterario coyuntural.
Memorias de la Administración Ford(***) es una novela que ficciona sobre el pasado reciente y la historia norteamericana del siglo XIX, pero que, a la vez, tiene la apariencia de un informe historiográfico sobre la Administración Ford, "redactado" por Alfred L. Clayton: un profesor de historia que, al tiempo que se da maña para insertar en su informe sus recuerdos de los años setenta (su vida sentimental se desplazaba, como un vagón de tren sobre dos rieles, entre su esposa Norma, "la reina del desorden", y Genevieve, "la esposa perfecta"; había salido a luz lo de "Watergate" y la dimisión de Richard Nixon acababa de producirse; Gerald Ford había asumido las riendas del poder, en tanto que los alegres años de la liberalidad sexual en los EE.UU. empezaban a dar muestras de su agotamiento para dar paso, en inequívoca concordancia con el péndulo de la historia, a tiempos más pausados), intercala también fragmentos de una biografía, que jamás llegará a terminar, sobre James Buchanan (1791-1868), quincuagésimo presidente de los Estados Unidos y uno de los diplomáticos más influyentes en la historia norteamericana del siglo XIX quien, además, tuvo el mando de Norteamérica en los difíciles momentos previos a la Guerra de Secesión.
Mario Vargas Llosa, en el prólogo al libro de cuentos de Fernando de Trazegnies, llama la atención sobre el hecho de que la historia literaria latinoamericana sea pobre en ejemplos de obras ambientadas en el siglo XIX (vacío que de alguna manera empieza a llenarse con su novela sobre Flora Tristán), cosa que no ocurre con universos literarios como el norteamericano que, antes de alcanzar la estatura universal que ostenta, debió servir de espejo para reflejar la realidad histórica y social de Norteamérica, en el proceso de auto-conocimiento de su pueblo como multiplicidad social partícipe de una misma historia, realidad y destino.
En latinoamérica, en cambio, parece que todavía no acabáramos de reflejarnos en el espejo de nuestras ficciones; que no acabáramos, aún, de tomar conciencia de nosotros mismos.
Así, mientras Updike noveliza sobre Buchanan, llegando a exquisiteces formales en su libro e, incluso, a colocar al final una sucinta bibliografía histórica (¡en la que menciona un trabajo suyo!), nosotros tratamos a un personaje del siglo XIX coetáneo a Buchanan, Toribio Pacheco (por poner un ejemplo), tan sólo en el rígido contexto de la historia del Derecho y del que, aunque presentado cumplidamente por la amena prosa del historiador del Derecho(****) que da cuenta de él, debe limitarse a presentar sus acciones dejando los espacios vacíos del incompleto rompecabezas de nuestra historia. En este marco, los relatos del ex canciller Trazegnies son la excepción que confirman la regla, no obstante la aguda crítica que después hiciera de ellos quien fuera su entusiasta prologuista, Mario Vargas Llosa.
En fin, si bien el Buchanan diplomático, aquel que propusiera al Congreso de su país comprar a los españoles la isla de Cuba, nos recuerda a Toribio Pacheco, debido a que ambos desempeñaron brillantes roles en la historia diplomática de sus países, James Buchanan evoca en nosotros la imagen de otro arequipeño: José Luis Bustamante y Rivero; pero esta vez porque ambos, aunque en siglos diferentes, comparten el pasado de una brillante trayectoria diplomática que culminó con una no tan lustrosa gestión presidencial.
Pero hay otro aspecto en el que ambos coinciden: su honestidad. Buchanan es incapaz de engañar o mentir para conseguir un objetivo político. Mas, es esa misma honestidad la que lo conducirá al fracaso porque, como se dice en la novela: "no es la verdad lo que queremos de los presidentes. Para eso tenemos a los historiadores".
Sin embargo, son esos altos valores, que rescata Updike de la corrosión del tiempo, los que hacen que no podamos sino involucrarnos con Buchanan, el cual, viejo y derrotado, regresa en marzo de 1861 a su Lancaster natal y, ante un puñado de hombres reunidos con motivo de su vuelta a casa, dice, mientras piensa que ha dejado de ser noticia para comenzar a oler a historia: "He venido a echar mis huesos entre vosotros. Lo que he hecho, durante una vida pública un tanto prolongada, pasará a la posteridad."
Nosotros, como lectores, sabemos ese desenlace desde el principio pero, incondicionales de Buchanan, ganados por él, nos dejamos deslizar acompañándolo por la vertiginosa pendiente de su derrota, derrota con la que, finalmente, triunfa la novela y lo redime, no como político; como hombre.
Ford y Buchanan. Dos hitos, siglo de por medio, en la historia norteamericana. El primero, más próximo en el tiempo y, sin embargo, más distante. De su gestión, Clayton (el personaje principal desde cuya óptica se narra la historia) sólo puede hacer memoria a través del reflejo distorsionado de sus propias vivencias de los años setenta. El segundo, distante en el tiempo pero, a la vez, más próximo a nuestro historiador debido a sus esfuerzos denodados, pero jamás suficientes, por conocer a Buchanan y sus circunstancias.
Y, a todo esto, ¿Qué es la historia? ¿Qué es, parece interrogarnos Updike, a lo largo de la novela, sino una suerte de quimera, mitad ficción y mitad verdad, carácter maravilloso del que ─¿por qué no?─ también participa su libro, híbrido de historia novelada o novela "historiada"?.
Es Aristóteles, en su Poética, quien señala que la diferencia entre el escritor y el historiador radica en que éste narra lo que ocurrió y aquel, lo que pudo o debió ocurrir. Sin embargo, ¿qué sucede cuando el ficcionador funge de historiador y el historiador de ficcionador? Uno de los resultados posibles es esta novela brillante que acabamos de reseñar.

Atilio Boron se volvió loco?


Atilio Boron debe ser uno de los intelectuales más importantes de lo que algunos llaman la izquierda radical latinoamericana. Es director de CLACSO la prestigiosa escuela de ciencias sociales (aunque valgan verdades muy ideologizada últimamente). Y es un defensor acerrimo de Hugo Chavez. Hoy, por ejemplo, ha publicado un artículo en Página 12, el incombustible diario de la izquierda "malpensante" argentina, donde de forma inexplicable defiende el derecho de reelegirse permanentemente del presidente venezolano. Sus argumentos son sibilinos y falaces, y hablan bastante bien de su cultura (no por nada es egresado de Harvard) pero muy mal de su honestidad intelectual. ¿A quien en su sano juicio se le ocurriría comparar, por ejemplo, al sistema político Francés, o Español con la pantomima de democracia que es el gobierno venezolano? El artículo a continuación:



Reelecciones buenas y malas
por Atilio Boron


El rotundo triunfo de Evo Morales, el tercero consecutivo desde el 2005, difícilmente servirá para acallar las críticas de quienes vieron en este referendo constitucional apenas una estratagema del líder boliviano para perpetuarse en el poder. Caso omiso se hace del denso articulado de la nueva Constitución boliviana que, en sus 411 artículos, establece un marco normativo protectivo de las grandes mayorías populares, por siglos oprimidas por los distintos gobiernos de Bolivia, al paso que reafirma los derechos de los pueblos indígenas, garantiza el control público de los principales recursos naturales y perfecciona la calidad de las instituciones republicanas. Pese a que unos 350 observadores internacionales de organismos como la OEA, la Unasur, la Unión Europea y el Centro Carter declararon que las elecciones se desenvolvieron de manera inobjetable, el líder de la derecha fascista de Santa Cruz, Branco Marinkovic, manifestó su impotencia lanzando una ridícula acusación de fraude, preparando el terreno para una nueva ofensiva sediciosa en contra de la nueva Constitución.

Una de las críticas más socorridas, escuchada también en estos días a propósito de la propuesta de enmienda de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela facultando la reelección indefinida del presidente Hugo Chávez, es que tal cláusula revela una vocación totalitaria que debe ser rechazada a cualquier precio. La secretaria de Estado de George W. Bush, Condoleezza Rice, no se cansó de predicar esta tesis, repetida luego ad nauseam por los principales medios de prensa, periodistas y analistas “independientes” de América latina. No se conocen todavía comentarios de su sucesora, Hillary Clinton, pero a juzgar por sus muy desafortunadas declaraciones en la audiencia confirmatoria sostenida ante el Senado de EE.UU. no sería de extrañar que en los próximos días apareciera un comunicado oficial deplorando lo que sería visto como una sinuosa maniobra de Evo Morales para eternizarse en el Palacio Quemado.

En vista de ello, conviene recordar que la reelección indefinida es una norma en la mayoría de los países europeos: fue por eso que Helmut Kohl pudo ser canciller primero de la República Federal Alemana y luego de la Alemania unificada durante dieciséis años, desde 1982 a 1998, sin que en ningún momento la opinión “bienpensante” y la prensa “independiente” (mucho menos el Departamento de Estado) pusieran el grito en el cielo ante tan prolongado monopolio del poder político. Podría haber seguido en el timón de la Cancillería; si no lo hizo fue por el estallido de un escándalo que lo obligó a renunciar. En España, el principal lobbista mundial de las transnacionales españolas y sedicente custodio de los valores democráticos, Felipe González, fue presidente del gobierno desde 1982 a 1996, un total de 14 años, sin despertar preocupación alguna en la Casa Blanca y los gobiernos “democráticos” del mundo desarrollado. En el Reino Unido, Margaret Thatcher fue primera ministra durante 11 años. Nada le impedía haber seguido en el poder, pero su coalición perdió peso electoral y tuvo que renunciar. Hay varios casos similares en Europa. Francia, sin ir más lejos, autoriza una reelección presidencial para un mandato de siete años cada uno. Todos los últimos presidentes de Francia duraron 14 años en el poder.

Más interesante todavía es el significativo (y cómplice) silencio de Washington ante la dilatada permanencia en el poder de una serie de mandatarios amigos, aliados incondicionales del imperio: en Egipto, el actual presidente Mohamed Hosni Mubarak ejerce el cargo desde octubre de 1981, lo que no obsta para que reciba toda clase de elogios por la “estabilidad política” lograda en ese país y generosos apoyos financieros y militares de parte de la Casa Blanca. Total: 28 años ininterrumpidos en el gobierno. En Camerún, el presidente Paul Biya gobierna con poderes omnímodos desde 1982: 27 años. En el pequeño enclave petrolero de Gabón, otro aliado de Estados Unidos, el presidente Omar Bongo Ondimba preserva el orden con mano de hierro desde 1967: 42 años. En Angola, el gobierno pro americano de José E. dos Santos se encuentra en el poder desde 1979: 30 años. Por último, uno de los aliados fundamentales de Estados Unidos, Arabia Saudita, es un país en el que impera el más primitivo y brutal despotismo: allí rige una monarquía hereditaria que jamás ha convocado a elecciones de ningún tipo, ni siquiera para el Legislativo, cuyos miembros son designados “a dedo” por el rey Abdallah entre su séquito de familiares y favoritos. Jamás el Departamento de Estado ha dicho una palabra acerca de las amenazas que la perpetuación de estos regímenes plantea para el futuro de la democracia en el mundo. El problema son casos como los de Fidel, Evo y Chávez, no estos otros. Si son útiles a los intereses de Washington podrán permanecer en el poder el tiempo que quieran y, además, ser respaldados por todos los medios imaginables. Si se rebelan contra el imperio se los denuncia como déspotas o tiranos. En fin, amigos son los amigos.

domingo 25 de enero de 2009

La crisis de la política en el Perú


Este fin de semana acabe, con un poco de retraso, el libro de entrevistas de Cesar Hildebrandt. No diré nada acerca del libro, salvo que sus entrevistas revelan mucho de la historia política que antecede a la crisis actual. Hay en ellas mucho de la componenda, del cinismo, de la mediocridad de nuestros políticos. Se extraña una entrevista a Alan Garcia, pero a falta de ésta hay entrevistas a varios de los más connotados líderes apristas: Víctor Raúl Haya de la Torre, Armando Villanueva, Luis Alberto Sanchez, Andrés Towsend Ezcurra, etc. El Apra, precisamente, ha sido en los últimos días tema de interés, no tanto por las hazañas del gobierno, como por el anuncio hecho por Armando Villanueva de que es necesaria la renovación de sus cuadros dirigenciales. Sus críticas han tenido eco y pronto sus dirigentes más conspicuos no han dudado en responderle. Mauricio Mulder, por ejemplo, ha dicho que no hay tal crisis y que todo no se trata sino de las exageraciones -comprensibles, además- de Armando Villanueva.

Lo dicho por don Armando se me antoja, sin embargo, prueba de una problemática más profunda. El dilema que enfrenta a la clase política en su conjunto frente al reto de liderar el futuro del País. Actualmente, carecemos de partidos políticos solidos, y nuestros dirigentes políticos son de una medianía conmovedora. Los jóvenes no se interesan por la política y quienes sí o tienen, por alguna extraña razón, un lazo de parentesco con el líder del partido, o con sus allegados.

La crisis de la política en el Perú no se va a resolver con llamados al orden de algunos lideres, ni con propagandas o sloganes tontos en la televisión o los medios de prensa. Lo que menos necesitamos los jóvenes es que nos digan para qué y cómo hacer política. El sistema esta organizado de tal forma que los jovenes no tiene oportunidad de intervenir. El debate acerca de qué hacer con los partidos y con la participación de los jovenes, no pasa por eso en seguir las mismas reglas. El sistema es incapaz de generar por si mismo los incentivos suficientes para alentar esa participación. Los partidos se han convertido en pequeñas cofradias donde, cada vez más, se extraña el debate de ideas y la renovacíón de los cuadros.

Cuanta razón tenía Gonzales Prada cuando decía: jovenes a la obra...