
Mi amigo Hugo Yuen me acaba de hacer llegar una nota sobre John Updike, el popular escritor norteamericano, que murió hoy a los 76 años. En ella se precisan algunos de los puntos más destacados de la obra de este autor y su relación -algo confusa- con la literatura peruana.
Memorias de la administración Ford: la historia como
ficción o la ficción como historia
por Hugo Yuen
A John Updike se le conoce en nuestro medio como el autor de la novela Las Brujas de Eastwick (obra que fuera llevada al cine a comienzos de los noventa), por algún artículo suyo publicado en Playboy en la década del 90 sobre el artista arequipeño Alberto Vargas Chávez, autor de las conocidas "Vargas Girls", aquellos insinuantes dibujos que ilustraron las páginas de Playboy durante las décadas de mitad de siglo o, más recientemente, por su inclusión como personaje animado, junto a otras celebridades del mundo cultural norteamericano (con su característica sonrisa irónica y distante), en uno de los episodios de Los Simpson.
Pero John Updike (n. 1932 y muerto este 27 de enero de cáncer al pulmón) es mucho más que eso. Autor de más de cinco decenas de obras de ficción, entre poemas, cuentos y novelas, ha obtenido el Premio Pulitzer (en 1982 y 1991), el National Book Critic Circle Award, el National Book Award y el O'Henry (premio al mejor cuento del año publicado en los EE.UU.), entre otras múltiples distinciones, además de sus célebres reseñas literarias publicadas desde la década del 50 en las páginas del New Yorker, revista en la que compartía espacio con escritores de igual talla, como Saul Bellow.
Conocido mundialmente por su saga de “Conejo Armstrong” (Corre Conejo(**), El Regreso de Conejo, Conejo es Rico y Conejo en Paz, novelas a las que recientemente se sumó el cuento “Conejo en el Recuerdo”), Updike tiene verdaderas joyas literarias, como su sutil y elegante libro de cuentos Museos y Mujeres, o su opera prima escrita a los 23 años, La Feria en el Asilo (novela corta futurista que, al estilo de George Orwell, se vale de la sátira social ambientada en un futuro cercano para cuestionar con sutil agudeza algunas venas de la realidad social norteamericana), El Centauro (maravillosa novela en la que el autor, con suma ironía desliza a los personajes por escenarios realistas de la Norteamérica del 50 y bucólicas escenas del Olimpo griego), sin mencionar obras recientes en las que intercala el ensayo, la historia, la filosofía y la ciencia con la literatura, dándonos un visión original, culta, contemporánea y sutilmente crítica de su mundo que, al plasmarlo así, lo hizo perdurable y compartido.
Por ello hoy, al enterarnos de la muerte de este memorable escritor, compartimos en estas líneas su recuerdo con la reseña que a continuación sigue, escrita en la década del 90, y que da cuenta de uno de sus libros más logrados (Administración Ford), si bien no muy conocido, en parte por su pátina cultista y en parte por su exploración metaliteraria, por no decir postmodernista.
Con el título de Memorias de la Administración Ford, Updike nos ofrece un libro singular que transcurre por el litoral en que se unen los mares de la ficción y las playas de la historia y que, aparte del interés literario que despierta de por sí, provoca en nosotros más de un interés extraliterario coyuntural.
Memorias de la Administración Ford(***) es una novela que ficciona sobre el pasado reciente y la historia norteamericana del siglo XIX, pero que, a la vez, tiene la apariencia de un informe historiográfico sobre la Administración Ford, "redactado" por Alfred L. Clayton: un profesor de historia que, al tiempo que se da maña para insertar en su informe sus recuerdos de los años setenta (su vida sentimental se desplazaba, como un vagón de tren sobre dos rieles, entre su esposa Norma, "la reina del desorden", y Genevieve, "la esposa perfecta"; había salido a luz lo de "Watergate" y la dimisión de Richard Nixon acababa de producirse; Gerald Ford había asumido las riendas del poder, en tanto que los alegres años de la liberalidad sexual en los EE.UU. empezaban a dar muestras de su agotamiento para dar paso, en inequívoca concordancia con el péndulo de la historia, a tiempos más pausados), intercala también fragmentos de una biografía, que jamás llegará a terminar, sobre James Buchanan (1791-1868), quincuagésimo presidente de los Estados Unidos y uno de los diplomáticos más influyentes en la historia norteamericana del siglo XIX quien, además, tuvo el mando de Norteamérica en los difíciles momentos previos a la Guerra de Secesión.
Mario Vargas Llosa, en el prólogo al libro de cuentos de Fernando de Trazegnies, llama la atención sobre el hecho de que la historia literaria latinoamericana sea pobre en ejemplos de obras ambientadas en el siglo XIX (vacío que de alguna manera empieza a llenarse con su novela sobre Flora Tristán), cosa que no ocurre con universos literarios como el norteamericano que, antes de alcanzar la estatura universal que ostenta, debió servir de espejo para reflejar la realidad histórica y social de Norteamérica, en el proceso de auto-conocimiento de su pueblo como multiplicidad social partícipe de una misma historia, realidad y destino.
En latinoamérica, en cambio, parece que todavía no acabáramos de reflejarnos en el espejo de nuestras ficciones; que no acabáramos, aún, de tomar conciencia de nosotros mismos.
Así, mientras Updike noveliza sobre Buchanan, llegando a exquisiteces formales en su libro e, incluso, a colocar al final una sucinta bibliografía histórica (¡en la que menciona un trabajo suyo!), nosotros tratamos a un personaje del siglo XIX coetáneo a Buchanan, Toribio Pacheco (por poner un ejemplo), tan sólo en el rígido contexto de la historia del Derecho y del que, aunque presentado cumplidamente por la amena prosa del historiador del Derecho(****) que da cuenta de él, debe limitarse a presentar sus acciones dejando los espacios vacíos del incompleto rompecabezas de nuestra historia. En este marco, los relatos del ex canciller Trazegnies son la excepción que confirman la regla, no obstante la aguda crítica que después hiciera de ellos quien fuera su entusiasta prologuista, Mario Vargas Llosa.
En fin, si bien el Buchanan diplomático, aquel que propusiera al Congreso de su país comprar a los españoles la isla de Cuba, nos recuerda a Toribio Pacheco, debido a que ambos desempeñaron brillantes roles en la historia diplomática de sus países, James Buchanan evoca en nosotros la imagen de otro arequipeño: José Luis Bustamante y Rivero; pero esta vez porque ambos, aunque en siglos diferentes, comparten el pasado de una brillante trayectoria diplomática que culminó con una no tan lustrosa gestión presidencial.
Pero hay otro aspecto en el que ambos coinciden: su honestidad. Buchanan es incapaz de engañar o mentir para conseguir un objetivo político. Mas, es esa misma honestidad la que lo conducirá al fracaso porque, como se dice en la novela: "no es la verdad lo que queremos de los presidentes. Para eso tenemos a los historiadores".
Sin embargo, son esos altos valores, que rescata Updike de la corrosión del tiempo, los que hacen que no podamos sino involucrarnos con Buchanan, el cual, viejo y derrotado, regresa en marzo de 1861 a su Lancaster natal y, ante un puñado de hombres reunidos con motivo de su vuelta a casa, dice, mientras piensa que ha dejado de ser noticia para comenzar a oler a historia: "He venido a echar mis huesos entre vosotros. Lo que he hecho, durante una vida pública un tanto prolongada, pasará a la posteridad."
Nosotros, como lectores, sabemos ese desenlace desde el principio pero, incondicionales de Buchanan, ganados por él, nos dejamos deslizar acompañándolo por la vertiginosa pendiente de su derrota, derrota con la que, finalmente, triunfa la novela y lo redime, no como político; como hombre.
Ford y Buchanan. Dos hitos, siglo de por medio, en la historia norteamericana. El primero, más próximo en el tiempo y, sin embargo, más distante. De su gestión, Clayton (el personaje principal desde cuya óptica se narra la historia) sólo puede hacer memoria a través del reflejo distorsionado de sus propias vivencias de los años setenta. El segundo, distante en el tiempo pero, a la vez, más próximo a nuestro historiador debido a sus esfuerzos denodados, pero jamás suficientes, por conocer a Buchanan y sus circunstancias.
Y, a todo esto, ¿Qué es la historia? ¿Qué es, parece interrogarnos Updike, a lo largo de la novela, sino una suerte de quimera, mitad ficción y mitad verdad, carácter maravilloso del que ─¿por qué no?─ también participa su libro, híbrido de historia novelada o novela "historiada"?.
Es Aristóteles, en su Poética, quien señala que la diferencia entre el escritor y el historiador radica en que éste narra lo que ocurrió y aquel, lo que pudo o debió ocurrir. Sin embargo, ¿qué sucede cuando el ficcionador funge de historiador y el historiador de ficcionador? Uno de los resultados posibles es esta novela brillante que acabamos de reseñar.